La democratización es un proceso dinámico que siempre permanece incompleto y no reconoce un punto de llegada. Por el contrario, se trata de una búsqueda sin término que persigue un horizonte móvil. La apuesta por la democracia requiere un permanente compromiso cotidiano para profundizarla y expandirla y exige renovar los desafíos para evitar su declive y vaciamiento. Su permanencia no está asegurada de antemano y está expuesta constantemente al riesgo de inversión, de desdemocratización.
El escenario internacional de estos últimos años nos ilustra sobre procesos relacionados con la democracia que se mueven en direcciones opuestas y nos muestran que el reciente entusiasmo de algunos pueblos (la nueva ola democratizadora en la primavera árabe) convive con marcados signos de agotamiento en sociedades que perciben los límites de los procedimientos democráticos para procesar los desafíos de un mundo globalizado. La crisis de la eurozona y las dificultades que enfrenta Grecia (precisamente la cuna de la democracia) ponen al desnudo la impotencia de sus autoridades, forzadas a optar entre el mandato de su ciudadanía y las exigencias heterónomas de las entidades financieras regionales y globales. El descrédito de las instituciones democráticas y la irrelevancia a la que son reducidas, exige repensar el lugar de la democracia en el marco de estos procesos de integración que introducen una escala y complejidad desconocida para considerar su funcionamiento.
La sensación de desencanto que se extiende en muchos países en los que la democracia parecía asegurada, no debe resultarnos novedoso. La idea de “crisis de representación”, “fin de la democracia”, “contrademocracia”, “posdemocracia”, invitan a reconsiderar su dinámica y provienen precisamente de sociedades europeas en las que ha nacido la experiencia democrática moderna.
Aunque los signos de malestar que evocan esos vocablos pueden resultar válidos para retratar los límites y tensiones de la democracia en otras latitudes, es preciso situar el debate sobre ella en un marco que nos permita reconocer la complejidad y diversidad de su despliegue en el nuevo escenario mundial.
Mientras Europa enfrenta el desafío de pensar la democracia a otra escala, sin menoscabar la autonomía y mandatos de los ciudadanos que integran la región, los países árabes en cambio, muestran un entusiasmo con la democracia enfrentando desafíos que actualizan los abordajes sobre la transición que prevalecieron en los ’80.
Ese escenario surcado por temporalidades, derroteros e historias tan diversas, encuentra a América Latina celebrando tres décadas de inédita continuidad democrática, con luces y sombras, marchas y contramarchas pero mostrando que la democracia es hoy un valor compartido por sus sociedades que se apropian de las herramientas que ella ofrece para expresar sus demandas e inscribir nuevos derechos.
Esta nueva edición del congreso -tal como sucedió en las anteriores- se propone ofrecer un ámbito para reflexionar sobre los logros y desafíos que enfrenta la democracia, asumiendo la complejidad que este debate adquiere en el escenario actual.



